Celeste Najt: “El verdadero artista no debería ser un personaje mediático”

La dificultad para explicar de qué va la obra de Celeste Najt es comparable con la que se presenta al tratar de resolver una ecuación con más incógnitas que números corrientes. Esta artista plástica de 30 años se mueve con comodidad en el mixed media, entre piezas manuales y digitales, síntesis que expone en distintas latitudes del planeta. “El arte surgió como un canal tal vez terapéutico. Con el tiempo se fue volviendo mi ejercicio de relación con el mundo”, dice vía correo electrónico. Presenta actualmente la tercera parte de The unexpected part of life (algo así como “La parte inesperada de la vida”) en Suecia, un proyecto tan ambicioso que parte de una premisa inmensa: “Quiero desarrollarlo en todos los rincones del mundo que sea posible, probablemente durante toda mi vida”.

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—Estás en movimiento constante alrededor del mundo. ¿Viajás por ser artista o por viajar sos artista?
—Mis movimientos por la tierra combinan ambos impulsos. Mi primer viaje a Europa fue a los 21 años. Quedé deslumbrada, sobre todo por el lugar que ocupaba en Europa el arte en ese momento. Un espacio natural y cotidiano. A partir de ahí, se despertó una gran intriga en mí sobre cómo sería vivir en Europa, hacer arte acá. Desde ese primer encuentro con las grandes ciudades, nunca dejé de volver: por el placer del viaje —que para mí funciona como un recorrido de alimentación, para recoger materia prima para las obras, así como ideas e imágenes— pero también buscando oportunidades para presentar en formato de obra ese fenómeno que experimenta mi sensibilidad cuando el encuentro con los lugares todavía anónimos sucede.

—¿Qué surgió de esa búsqueda?
—Con el tiempo todo se fue profesionalizando más. Cada vez tuve más muestras afuera, por una natural fluidez entre mi deseo y la búsqueda de su realización. Viajo por la necesidad de inspiración, de crecimiento, de búsqueda. La sorpresa es la materia prima esencial para mi obra y estar en constante movimiento y búsqueda da lugar a que las posibilidades de sorprenderse se multipliquen.

—¿Te ha pasado volver de un viaje sin ideas?
—No tener ideas es algo que jamás me pasó. Y menos después de un viaje.

—¿De qué trata The unexpected part of life?
—Mi propósito es desarrollar este proyecto en todas las partes del mundo que sea posible, probablemente durante toda mi vida.
El proceso de trabajo se basa en permanecer en un determinado país, ya sea en una o varias ciudades, e ir recopilando impresiones, historias, objetos y obras que desarrollo mientras permanezco en el lugar. Así voy creando mi propia historia sobre la geografía encontrada, acompaño el día a día y busco el factor inesperado, que siempre está latente pero que no siempre se pone de manifiesto. La acción se basa en buscar profundamente, resignificando aquéllo que para la persona local es hábito y que para mí se desenvuelve como algo inesperado, desconocido, fascinante.

—¿Los artistas son presas de sus soportes? ¿Para vos sería simple romper con lo que hacés y embarcarte en algo completamente distinto? ¿Hubieses sido artista en un momento sin soportes digitales?
—Mi obra no empieza con lo digital. Mis primeros trabajos fueron totalmente manuales y también lo son en la actualidad. Empecé a hacer collages con papeles y elementos de descarte entre 1999 y 2000. Lo digital no llegó hasta 2004, pero nunca me dediqué sólo a hacer cosas sintéticas. La búsqueda digital nace del interés por generar un resultado orgánico, vintage, usando tecnologías. Lo interesante del arte es que no tiene barreras. Mi práctica artística se basa en generar un relato, investigar fórmulas, avanzar sin conocer el resultado, en busca de una sorpresa. El uno más uno del arte me parece aburridísimo, sobre todo en la actualidad, en la que ser artista no tiene nada de particular. Yo tengo una estética, un modo de relatar, al cual no renunciaría porque es mi voz: suena a través de mis piezas y combinaciones. En cuanto a soportes, cuanto más nuevo e inesperado, más emoción. El cambio es el principio de lo nuevo: mis movimientos tienden a ir en esta dirección, por eso la obsesión con los viajes y las nuevas imágenes.

—¿Cómo se financia la carrera de un artista? ¿Cómo es tu caso en la actualidad y cómo ha sido en un principio?
—No creo que haya fórmulas. Hay distintos tipos de artistas. Están los que piensan en vivir a costa de su arte y están los que simplemente lo hacen y cada tanto lo venden, de manera natural. Actualmente, mi caso es el segundo. Si bien vendo y he vendido mucha obra en mi vida, he tenido también una galería (El Tigre Celeste). Cada vez que se da la posibilidad me resulta emocionante pensar que se puede vivir del arte, aunque creo que la economía puede destruir ese pensamiento en segundos. La obsesión por la venta, perseverar con la fórmula con la que uno vendió anteriormente, es un pensamiento que puede llegar a anular la inspiración. Esto lo digo en referencia a mi propio trabajo; habrá quienes pueden estratégicamente separar comercialización de creación. Para mí es perfecto dedicarme a trabajar en otros rubros, que tienen que ver con mi arte pero que me permiten mantenerlo intacto, a salvo, escuchándose a sí mismo en relación con el mundo.

—¿En qué otros rubros trabajás?
—Trabajo como fotógrafa de diseño de interiores para varias agencias internacionales y como corresponsal para la revista Shift, de Japón. Por supuesto que cada tanto recibo subsidios, invitaciones y también vendo obra —a nivel nacional e internacional—, lo cual ayuda no sólo monetariamente sino también como reconocimiento de un feedback, como afirmación de estar generando algo en el otro.

—¿Para qué sirve el arte en general y tu arte en particular?
—El arte es un canal de comunicación. Un canal muy libre, en el que las ideas pueden fluir y depositarse en la materia de manera cambiante. Empecé a hacer arte en plena adolescencia y el propósito principal era exteriorizar sensaciones, casi a modo terapéutico. Con el tiempo se fue volviendo mi ejercicio de relación con el mundo, los espacios, las maneras de mirar y concebir las situaciones, las sensaciones, los hechos. No siento el arte como algo externo sino como algo que me habita, que prácticamente ni siquiera elegí sino que se fue instalando dentro mío, desde los colegios a los que fui y gracias a mis padres, ávidos y constantes buscadores de cultura e inspiración.

—¿Qué arte consumís?
—En la actualidad el uso del arte está un poco desvirtuado. Hay artistas que me llenan el alma con cosas maravillosas y creo que es muy bueno que el arte tenga cada vez más espacio en la sociedad, pero por otro lado me genera cierta polémica interna ver que esté de moda ser artista. Creo que me resulta incómodo. El verdadero artista no debería ser un personaje mediático… pero lo bueno del arte también es éso, que las reglas casi no existen.

—Basándose en el principio físico de acción y reacción, ¿considerás que el arte es cuál de esas acciones?
—¡Las dos cosas: acción y reacción!

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—¿Corrés el riesgo de trabajar de forma industrial/mecanizada al hacerlo con soportes digitales?
—Claramente todos los medios que proveen cierto facilismo pueden, tarde o temprano, generar un hábito. Debo reconocer que hubo un período en el cual mi obra fue principalmente digital. Esto me llevó a generar una cantidad de collages, que en su momento fue abrumadora. Sin embargo, a la distancia funciona perfecto, como un diario de una época, en la que especialmente los días domingos me sumergía en el cortar y pegar digital, resumiendo las sensaciones, ideas, amores y odios de esa etapa. Así es que mis collages digitales arman una especie de libro abierto de lo que fue mi vida desde 2005 hasta 2011.

—¿Hay algo particular del arte que te atraiga?
—Teniendo en cuenta que lo que más me atrae del arte es la cualidad de inesperabilidad y su flexibilidad ante las nuevas ideas y técnicas, hubo un momento en que empecé a dejar progresivamente de lado lo digital para incorporar la práctica orgánica. Ahí empecé a pintar, lo cual fue un poco arduo al principio porque todo me parecía desprolijo y alejado de mi verdadera búsqueda, pero tras perseverar empezaron a pasar cosas muy interesantes.

—¿El artista corre riesgos de convertirse en presa de sus soportes?
—No creo que el uso de herramientas digitales represente un riesgo distinto del que puede presentar el encasillarse en cualquier otra técnica, ya sea pintura, escultura u otra disciplina. Tampoco veo la necesidad de que todos los artistas prueben distintas técnicas. Hay quienes pueden usar siempre los mismos materiales y superarse a sí mismos constantemente. En mí, la variación en el uso de la técnica habla del diálogo que intento entablar con la vida, un método mediante el cual destituir los riesgos del aburrimiento o la repetición.

—¿Cuál es el sentimiento que más se introduce en tu obra? Hablás de amores y odios, ¿pero cuál se ha metido más en tus trabajos?
—Soy una romántica, en general me siento más inspirada por el amor, pero también he podido liberarme de odios o feas sensaciones a través del arte.

Publicada originalmente en Revista Nan

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