Liliana Porter: “Nadie hace ninguna genialidad”

La vida de Liliana Porter está montada sobre una columna vertebral inquebrantable: su obsesión por el tiempo. Tal vez por eso el encuentro comienza a las diez de la mañana, ni un minuto más. “Me gusta cumplir los compromisos y habíamos quedado a esta hora, ¿no?”, pregunta, entre risas, de modo retórico. Tiempo habrá de sobra para saber que los museos más importantes del mundo han expuesto su obra (entre otros, el Reina Sofía de Madrid, la National Gallery de Londres y el MoMA de Nueva York, ciudad en la que actualmente reside), para zambullirse en su proceso creativo (en intimidades de Reconstrucciones, El hombre con el hacha y otras situaciones breves y Arruga Instalación Ambiente I), para dejar clara su devoción por la prosa de Jorge Luis Borges: “Solía acertar con las cosas que escribía”, sentencia; y “cosas” es en ella una palabra fetiche. El universo Porter se expande sobre su propio big bang: “Crecí con la idea de que lo más importante en el mundo era el arte. ¿Por qué no seguir pensando que pueda ser así?”.

—Toda creación artística remite a los primeros aprendizajes. ¿Hay algo que no hayas aprendido en la Argentina?
—Sí. A hablar de otra manera. Eso fue muy notorio. Cuando fui a México los códigos eran distintos. Por ejemplo, allá almuerzan a las tres y media de la tarde. Hay palabras que quieren decir otra cosa y eso hace que uno se sienta como en otra realidad. El cambio me marcó porque es parte del contenido de mi obra: es la consciencia de que no hay un solo código. No obstante, una siempre analiza para atrás. Me doy cuenta de que haber vivido en México tres años, después haberme ido a otro país y haber empezado a hablar otro idioma, fue relevante. Uno no sabe por qué hay temas que le interesan. Están en la sustancia de la realidad. Por eso me gusta Magritte y sus ensayos sobre el lenguaje. Ayer recordaba la exposición que hice en Chile en 1969. En ese catálogo digo que lo que me interesa es la “ilustración de una cosa con la cosa en sí”. Por ejemplo, la ilustración del papel arrugado que usé en Reina Sofía para Instalación Arruga. Ahora lo traduzco a algo así como fingir que soy yo. Imaginemos que aquel mozo es un actor que actúa de mozo. Vos decís: “¡Qué bárbaro!”. Si empezás a mirar a todos como si fueran actores, la realidad se vuelve un poco espeluznante. ¡Es tan perfecto cómo actúa uno de sí mismo! De golpe pensás: “¿No será que alguien escribió todos los guiones?”. Eso es impresionante. Es posible que haber cambiado de contexto sea parte de un extrañamiento inconsciente que me interesa.

—En muchas de tus obras hay un sentido marcado por mezclar la realidad virtual con lo real. ¿La realidad es única?
—La única realidad es la relación que uno tiene con las cosas. Cada uno la recrea desde su propia lente. O sea que no hay una realidad. Este momento, por ejemplo, deja de ser real a medida que transcurre.

Imaginemos que aquel mozo es un actor que actúa de mozo. Vos decís: “¡Qué bárbaro!”. Si empezás a mirar a todos como si fueran actores, la realidad se vuelve un poco espeluznante. ¡Es tan perfecto cómo actúa uno de sí mismo! De golpe pensás: “¿No será que alguien escribió todos los guiones?”

Porter es un alma joven envuelta en la gran sonrisa, cálida y contagiosa, de una mujer de 70 años. No sorprende que pida que la tuteen. Lejos de la estridencia de una artista que ha palpado el éxito, se abre a revisar su obra mientras hace que la sed desaparezca con un jugo natural de naranjas exprimidas. Es imposible no mirar sus manos, algo castigadas por el paso del tiempo, pero artífices de un trabajo que la lleva a todos los rincones del planeta. Ahora trabaja en Entreactos, una pieza de teatro que se presentará en cinco funciones desde el próximo miércoles en el Teatro Sarmiento. “Es mi debut teatral”, sonríe con algo de timidez. En paralelo, finaliza la presentación de El hombre con el hacha y otras situaciones breves, la instalación site-specific que la trajo por primera vez al Malba. En la obra —que se mostró hasta el domingo pasado— conviven miniaturas de John F. Kennedy y el ratón Mickey; soldados alemanes y un piano de cola destrozado en mil partes; el Che Guevara y una señora bordando: caos y orden en porciones lógicas y complementarias. “Todos los objetos tienen un por qué, nada está porque sí”, explica cuando el interés por saber cómo crear desde el caos la indaga.

—Alguna vez dijiste que lo más importante en la vida es el arte…
—No —interrumpe con amabilidad—. Lo que dije es que me educaron de una forma en la que lo más importante era el arte. Iba a una escuela secundaria de Bellas Artes a los doce años. Allí lo más importante era la pintura, el dibujo y el grabado. Como era chica, percibí que ésa era la escala de valores de la realidad.

—¿En qué momento te reconociste como artista?
—Cuando los demás me empezaron a reconocer. Te llaman artista, te ponen en un catálogo, pero no te das cuenta cuándo pasa eso.

—Estás instalada hace años en Nueva York. ¿Por qué esa ciudad y no otra?
—Estaba decidida a irme a París. Un día de 1964 fui a visitar a mi hermano, que vivía en México, y un amigo me escribió desde Nueva York: “¿Por qué no venís acá a ver la Serie Mundial y después vas a Europa?”. Entonces llegué a Nueva York. En el momento que salía del Metropolitano me dije: “Soy una tarada si me quedo sólo una semana, no me alcanza para ver nada”. Entonces decidí quedarme. Recién conocí Europa tres años después.

—¿Pero qué te retuvo allí?
—Era el momento ideal, ideal, ideal. Todo pasaba ahí. Nueva York empezaba a ocupar el lugar de París, llegaban Los Beatles, se iniciaba el movimiento Pop Art. Era muy impresionante ser joven y estar ahí en ese momento. Además estaba Luis Felipe Noé con una beca Guggenheim viviendo con quien se convertiría en mi marido, así que se alinearon los planetas.

Porter es más que su obra. El rupturismo caótico que aparece en su trabajo poco tiene que ver con la apacible mirada que devuelve ante cada gesto, cada pregunta, cada muestra de interés. Lo mismo da que el encuentro ocurra en Buenos Aires o en Berlín: ella será siempre esa mujer de pelo muy corto y blanco que se refugia en la literatura de Borges y en la compañía de Luis Camnitzer, un artista alemán que se cobijó en Uruguay del genocidio nazi a mediados del siglo veinte.

¿Cómo nacen los trabajos y cómo llegan las ideas a su mente inquieta? ¿Cómo es su proceso creativo? En el microclima creativo de Porter las ideas llegan junto a los conceptos que guían su trabajo: lo que le interesa por sobre todo es la ilustración de la cosa con la cosa en sí. Así, logra entrecruzar escenas que han ocurrido en diferentes planos espacio temporales en una nueva realidad, y de este modo derivar una y otra vez una nueva obra de la obra primigenia.

—¿Cuál es búsqueda al mezclar momentos temporales en un mismo plano?
—Primero están los diálogos. Suponé que agarrás dos elementos muy distintos entre sí y los enfrentás con la impresión de que se comunican. Entonces parece que es verdad. Por ejemplo, en El hombre con el hacha… encontrás elementos que no sólo son de distinta escala y conviven bien sino de diferente “todo”. Desde lo físico al contenido. Aparecen El Che, un soldado neonazi, un argentino, una señora que borda. Así es todo. Todo pasa al mismo tiempo.

—¿Qué lugar ocupa el azar en tu obra?
—Hay muchísimo azar. En El hombre con el hacha…, por ejemplo, hay una suerte de azar controlado. Puedo citar a Borges para explicarlo mejor, cuando habla del “vago azar o las precisas leyes que rigen este mundo”. Me pasó con una obra de John Cage, en Nueva York. El tipo había armado una muestra y elegía en qué museos mostrarla con dados. Era una suerte de reglamento azaroso o azar metódico. A mí me tocó exponer en un museo importante y no saber si estar orgullosa o no, pensando en el azar. Después de analizarlo me di cuenta de que era todo muy preciso. Todo es azar pero a la vez precisión.

—¿Suele haber mucha diferencia entre la obra pensada y el resultado?
—El hombre con el hacha… no me la imaginé mucho. La planeé, pero es mejor de lo que me imaginaba. Nunca vi un piano dado vuelta, por ejemplo, y podría no haberme gustado y tener que cambiarlo. Pero no me pasó. Todo funcionó bien.

Nadie hace ninguna genialidad, ése es el problema. El límite es siempre anterior. Volvamos a Borges: “La experiencia estética es la inminencia de una revelación”. Y bastante si uno llega a eso.

—¿El arte funciona en vos como un filtro de la realidad?
—¡Hello, Freud! Definitivamente. Ya no puedo separar los filtros del arte y los de la realidad. Y, como dije antes, uno se parece cada vez más a uno mismo. Uno se va construyendo de una manera. Filtro ya sin saber lo que estoy filtrando, como si fuese una cámara dentro de mí.

—¿Con cuánta frecuencia las interpretaciones de una obra tuya superaron tu propia visión?
—Me ha pasado toparme con textos sobre mi trabajo que me han hecho pensar: “Este texto justifica haber hecho la obra”. Lo que más me emociona es que uno aspira a que se interprete así, pero no sabés si eso va a pasar.

—Muchos de tus trabajos tienen una suerte de obra derivada. Por ejemplo, “Arno”. ¿Derivar obras es una forma de supervivencia?
—No. “Arno” era específica. Mirás la primera foto y si te pregunto qué ves no decís “una foto”, decís “el Arno”. Pero después, cuando está arrugado, decís: “Es una foto del Arno”. Sabés que no estás frente al Arno, that’s the big difference. Cuando alguien muere, por ejemplo, también muere una parte suya, porque todos los recuerdos que uno tiene sobre ese alguien pasan a ser recuerdos de alguien que ha muerto.

—¿Cuán delgado es el límite entre una genialidad y una obra inentendible?
—Nadie hace ninguna genialidad, ése es el problema. El límite es siempre anterior. Volvamos a Borges: “La experiencia estética es la inminencia de una revelación”. Y bastante si uno llega a eso.

Retrato 1963-2013  - Fotografía: gentileza Malba-Fundación Costantini

Retrato 1963-2013 – Fotografía: gentileza Malba-Fundación Costantini

En Reconstrucciones, la serie de trabajos que vieron la luz en 2007 y 2008, Porter plantea la ruptura presentando dos versiones de un mismo objeto. La fotografía de una pieza destrozada y la misma intacta delante de la imagen en la que el caos desparrama porciones de sí. Busca y logra, así, integrar el caos de la destrucción con la calma que supone que nada malo ha pasado, siquiera lo que pudo haber sido si todo hubiese quedado reducido a escombros. Todo aquello es parte de una búsqueda consciente y precisa. Y cada vez que repiensa su trabajo nota cómo se parece cada vez más a sí misma, que poco puede escapar de su estilo, porque es hacia allí donde va. “Uno termina siendo coherente, quiera o no quiera”, condice.

No obstante el azar, cautiva su interés pensar dos ideas centrales: que uno no sabe por qué hay temas que lo seducen y que todo se analiza siempre hacia atrás. Por eso, si desanda los pasos que la han traído hasta esta mañana en que se permite pensar su obra, entiende que las claves de su curva de crecimiento han ido avanzando junto a ella. El paso del tiempo, la calidad de su obra, la incomodidad que genera su trabajo y la tenacidad de alguien que sabe qué quiere, la hacen una referencia necesaria en el movimiento plástico y artístico mundial. Sea “ella” Porter o la cosa en sí, es decir una mujer fingiendo ser ella misma.

Publicada originalmente en Revista NaN.

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