Pongamos que hablo de Ringo Starr

Si salís último, el resultado es la peor parte de cualquier carrera. Una forma de matizar esa suerte de derrota, tal vez, sea analizar tus competidores. A saber: si transcurren los 60’s y hay cuatro tipos haciendo música en un sótano en Matthew Street, en Liverpool, y el que menos se destaca es Ringo Starr, ha de ser porque toca junto a otros tres que nacieron para transformar radicalmente el curso de la música moderna. Con ese cristal, resaltar a Ringo Starr como el peor de los cuatro Beatles es, cuanto menos, elogioso.

Ringo & His All Starr Band | Foto: Osvaldo Fantón

Ringo & His All Starr Band | Foto: Osvaldo Fantón

La excusa era un festival con entradas gratis y el lanzamiento de la tecnología 4G de Movistar, que viene a remplazar a su antecesor y nadie espera que funcione como promete. En ese contexto, en el Planetario de Buenos Aires sonaron Ringo & The All Starr Band, un proyecto más ambicioso que cualitativo, pero con una solidez sonora a la cual no estamos acostumbrados cuando nacen ensambles de este tipo.
El público del recital destaca por su heterogeneidad. El hecho de que sea gratuito lo emparenta con la audiencia que asiste a ver partidos de la selección. Quienes van todos los domingos a la cancha odian al hincha de la selección, por aparecer sólo cada cuatro años, por no sentir la pasión que ellos pregonan tener y por una sarta de pavadas de calibre similar, como si el derecho de ser parte de ese algo les perteneciera sólo a ellos. Así, el público mixto que espera por Starr (74 años y contando), se distingue por ser muy diferente al que se ve en cualquier recital.

Acentuando eso de que los ingleses son puntuales, media hora después de las ocho de la noche Ringo y su banda salen a escena, tal como estaba pactado. El público se eriza, las señoras que pasaron los 50 desbordan de amor. Desde los últimos shows de Paul McCartney en 2011 que no veo tantas remeras de los cuatro de Liverpool en un mismo lugar. Todo está dado para ver en vivo a un Beatle y nadie quiere perdérselo. “Bajate de ahí”, me grita una señora que piensa que estoy subido a una tarima e ignora mi altura. Todo es ansiedad y merece ser registrado. De las 100 personas que puedo contar a mí alrededor, más de 30 están filmando o sacando fotos con sus teléfonos en lugar de vivir lo que ocurre. Enfatizan la necesidad de atesorar el recuerdo ya no en sus retinas, sino en sus equipos y el resto, los que no, nos haremos un festín revisando YouTube al día siguiente gracias a que ellos se perdieron de vivirlo.

Ahí está, es un Beatle. Lo acompañan —en la decimotercera formación de la banda— Gregg Bissonette, baterista y percusionista de David Lee Roth; Steve Lukather, guitarra y voz de Toto; Gregg Rolle, teclados y voz junto a Carlos Santana; Richard Page, bajista de Mr. Mister y Todd Rundgren, el multi instrumentista de Utopia, Nazz y The New Cars. Con tremendos músicos, pensar que el show se limitaría a escuchar Octopus’s garden —que no sonó— o Yellow submarine, era cuanto menos una nimiedad. Y así fue.
Ante tal equipo, perder la chance de escuchar Rossana, Africa, Black magic woman u Oye como va, sonaba a desperdicio. ¿Será por eso que algunos se ofuscaron? “Pensé que iba a ser más Beatle todo”, protestaba un señor mientras se iba y perdía la posibilidad de escuchar a Lukhater haciendo chillar su guitarra. El show se volvió incierto, es verdad. Salvo quienes habíamos escuchado alguna vez a la All Starr Band de Ringo, el resto se presentaba sorprendido. ¿Qué esperaban que pase? Ringo no iba a cantar Helter Skelter o Norwegian Wood (this bird has flown), no señor. Ringo vino para hitear con una version fiestera de Yellow submarine y With a little help from my friends y no mucho más. ¿Pero fue un mal show? ¡En absoluto! Tener la posibilidad de escuchar los sticks de Ringo marcando el tempo sobre la batería —inmaculada, central, precisa— y escuchar sus breves pero cómicos momentos de charla con el público saliendo de esa garganta tan particular es, sin dudas, un tesoro.
Lo más fácil sería caerle a Ringo y situarlo en el lugar común: “Vino por la guita”, se escuchó en un lateral del escenario, como si alguno de todos los que estamos inmersos en la lógica de consumo actual no fuéramos a ningún lado por la guita. Vino y estuvo ahí, ante 80 mil personas que coreaban su nombre, porque es uno de los cuatro tipos que transformó la música para siempre. Aunque algunos piensen que sólo es un hombre con suerte.

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