“Me formé toda la vida pensando en arte”

Alejado de la ciudad, al sudoeste de Inglaterra, Ian Anderson levanta el teléfono y marca los doce números que hacen falta para llamar a la Argentina. Viene de tocar en vivo en Moscú y San Petersburgo –Rusia–. Se lo escucha cálido y bien dispuesto para conversar. Nacido en Dunfermline, una ciudad en el centro de Escocia, Anderson tuvo la suerte de estar en el momento indicado en el lugar exacto. Así fue como pudo ser parte de la máquina de rock que transformó todo lo que estaba a su paso. A saber: Jethro Tull es una de las bandas responsables de los 10 años que cambiaron al mundo, entre 1965-1975. “No es sólo fue un concepto artístico, sino algo trascendental; una revolución social”, detalla Anderson hoy, 40 años después de aquel big bang.

–¿Cuánto han influido tus raíces escocesas en la música que has hecho?
Bueno, algo han influido, sin dudas. En mi infancia en Escocia iba a distintas iglesias, donde escuchaba música clásica, no sólo de Escocia, sino también de Irlanda, Inglaterra y demás países de alrededor del mundo. Así que, sí, unas cuantas piezas de aquella música tradicional escocesa han quedado dando vueltas.

–¿Recuerda en qué momento la música dejó de ser su hobby y se convirtió en su profesión?
Probablemente eso ocurrió cuando dejé mi casa al norte de Inglaterra –por entonces vivía en Blackpool– y me mudé al sur, al área cercana a Londres, con la intención de convertirme en un músico profesional. Era un gran paso que había que dar. Fue en diciembre de 1967, un invierno muy, muy frío. Demasiado. Y no tenía ningún lugar donde ir. Antes de dejar Blackpool, mi padre me había dado unos abrigos muy pesados y cálidos, para poder pasar el frío. Aún tengo el recuerdo de ir caminando muerto de frío por las calles de Londres, envuelto en un abrigo ridículamente grande y en esos momentos comenzó a cobrar fuerza la idea de crear Jethro Tull, porque estando arriba de un escenario, por más modesto que fuera, podía sacarme el abrigo y matar un poco el frío.

–Mirando hacia el pasado: ¿Hay algo de su música que lo avergüence?
Sí, claro. Como a todos. Hay algunas canciones de los primeros años que dan algo de vergüenza. Sobre todo las letras. Las compuse cuando tenía 20 ó 21 años, recién estaba empezando a aprender el trabajo de componer canciones. Y si bien no son mis mejores canciones, tampoco es que me dan vergüenza, pero sí las haría de otra forma. De todos modos, aquellas primeras melodías deben tener una energía especial. De todos modos, creo que la situación más vergonzosa la viví en mi última gira por Europa. Resulta que incluimos un solo de batería en medio de una canción. Yo aproveché ese momento para ir a mear a un costado oscuro del escenario, donde nadie me viera, pero el operador de luces me siguió con una (luz) cenital y toda la audiencia dio una ovación de pie. En realidad, es sólo un momento ‘rock & roll’, nada más que eso.

–Hablando de ‘momentos rock & roll’, sé que en sus recitales está prohibido fumar por cuestiones de salud. ¿En qué momento un rockstar comienza a preocuparse por su salud?
A lo largo de mi vida conocí mucha gente destruida por drogas, alcohol, de todo. Te imaginarás. Pero tampoco soy quién para juzgar. No voy a ser tan puritano tampoco como para decir que la droga hace mal. Charlie Parker era un genio y un drogadicto. Pero yo no, no he tenido relación con las drogas. Como mucho una cerveza post show. Por eso es que siempre prioricé la salud física, como una ayuda para la salud emocional y también una forma de disfrutar más la vida.

–¿Qué fue lo que hizo que dedicase su vida al arte? ¿Cuánto de azar y cuánto de decisión hubo al respecto?
(Respira profundo…hace memoria). Creo que fue una decisión bastante consciente. Me formé toda la vida pensando en arte en general y música en particular. Y puse mucho para que eso pase. Estudié muchos años música y cuando salí del colegio tenía que buscar un trabajo. Y quizá por no ser muy bueno o porque había cientos de personas para un único puesto, no quedaba. Así que ahí está la parte azarosa que me llevó a ser un artista. Estuve en el lugar correcto en el momento exacto, pero haciendo lo que era necesario para que pasara. Tuve la suerte –por ejemplo– de estar en el Marqueé club en febrero de 1968 cuando empezamos a tocar bajo el nombre de Jethro Tull. Me acuerdo perfectamente, fue el 11 de febrero de 1968. Y Dios nos dio la oportunidad de convertirnos en una banda regular en el Marqueé, algo así como un suceso. Tocamos durante 3 ó 4 años, mientras preparábamos Thick as a brick, que luego se convirtió en un número uno en los Estados Unidos, todo a 4 años de haber empezado. No nos tomó mucho tiempo convertirnos en un suceso.

Hay algunas canciones de los primeros años que dan algo de vergüenza.

–¿Cuál considera que es la mejor canción de Jethro Tull y por qué?
Habría que hacer una observación profunda al respecto. Pensar en alguna buena mezcla ecléctica de rock, blues, clásica. Tiene que haber muchos elementos. La letra es fundamental, también. Pienso que la mejor canción de Jethro Tull es Budapest, del álbum Crest of a knave (1987). Es una canción que trata de una chica en un probador. Para muchos resultó con cierto contenido erótico o sexual, pero la canción habla escencialmente de ‘mirar y no tocar’. No tiene nada que ver con algunas cosas que se han dicho entonces –como violación o cosas así–.

–Estamos acostumbrados a ver estrellas de rock detrás de una guitarra. Algunos casos como Paul McCartney o Sting, detrás de un bajo. Otros tras un piano. ¿Cómo es liderar una banda desde la flauta? ¿Es más difícil?
En un principio yo tocaba la guitarra, pero en 1967 decidí que debía tocar un instrumento diferente. Estaba rodeado de tipos como Eric Clapton, Jeff Beck, Jimmy Page, Peter Green, Richie Blackmore, todos guitarristas de la escena londinense. Y pensaba: “Yo nunca voy a ser como estos tipos, tengo que encontrar algo distinto.” Así que la flauta, que es un instrumento que no encontrás todo el tiempo en una banda de rock. No es muy difícil de aprender, entonces cambié mi Fender Stratocaster por una flauta. ¡Esa guitarra que hoy saldrá unos 35 mil dólares y la flauta no debe llegar a 50 dólares! ¡Creo que hice un mal negocio! Aunque, en otro sentido, la flauta se convirtió en un suceso y una forma de ser reconocido, así que ahora que lo pienso, no sé si invertí tan mal.

–¿Por qué razón Gran Bretaña es una suerte de ‘fábrica de músicos’? No es necesario hacer una lista para darse cuenta que cientos de las mejores bandas de la historia del rock son británicas. ¿A qué lo atribuye?
Bueno… –piensa–, es cierto que pese a ser un país muy pequeño, en algún punto los británicos han sabido cómo jugar el juego. En muchos aspectos generales, y en la música en particular, hubo un período en donde se pudo cruzar las fronteras. Quizás con los Beatles, primero, y con otros grupos pop después, sobre todo cuando se llegó a Estados Unidos. Hubo un primer momento con los Beatles y los Rolling Stones. Después, una especie de segunda ola de la mano de Cream, Led Zeppelin, Yes, Jethro Tull, Genesis, etcétera, que comenzaron a seducir al mercado norteamericano. Fue un momento que cambió la cultura de muchos países alrededor del mundo, no sólo en los Estados Unidos e Inglaterra. Incluso en la India o la Unión Sovietica, también en Latinoamérica. Comenzó a producirse un eco en la música popular de lo que pasó entre 1965 y 1975 en los Estados Unidos e Inglaterra. Se pusieron en juego muchas libertades, no sólo artísticas, sino que comenzó la igualdad hacia las mujeres, comenzó a mermar el racismo. Fue una década muy importante, un cambio social y cultural que no había pasado antes y que, entiendo, comenzó en ese momento con la irrupción de un nuevo modo de pensar y de escribir canciones. Nosotros, los que éramos jóvenes entonces, queríamos un cambio y creo que la música fue parte de eso, de desafiar y cambiar la cultura. Personalmente le estoy agradecido a Gorbachov por ser el hombre que reconoció a Jethro Tull oficialmente en Rusia y permitió que nuestros discos comenzaran a venderse en el mercado ruso. Eso fue algo grandioso para nosotros y para entender cómo la música salta barreras. Hace algunos días estuve en Rusia de nuevo dando unos conciertos y me acordaba de los momentos en que la música del oeste [del muro] estaba prohibida y ahora veía chicos que ni siquiera habían nacido entonces y pensaba: “Bueno, todo esto ha valido la pena”. Y es algo que pasa no sólo en Rusia, sino también en Argentina, Chile o países que han tenido gobiernos que prohibieron la cultura.

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–¿Cuál es el legado que cree que le deja a los nuevos músicos?
Creo que es el sentido de la esperanza. Que no puedes ser exitoso sin ser original, no al menos como artista. Creo que eso es lo más importante. Cuando era joven me desesperaba más por no imitar a nadie que por encontrarme con la inspiración –detalla con cierto desdén hacia esa palabra–. Puedo hacer algo que me satisfaga a mí mismo y que al mismo tiempo sea único. Pero hay que tener esperanza para eso y seguir el sueño. Si tenés un sueño, seguí en esa dirección. Si tenés el poder de crear algo original, algo que te refleje como individuo, deberías aferrarte a eso y no a lo que otra gente quiere, como pasa con esos programas de talentos que se ven en la televisión. Nadie quiere eso, salvo la industria. No imites a nadie, quizás no seas tan exitoso, pero te vas a sentir con mucha más paz que intentando ser alguien que no sos. No tengas miedo de expresar tu originalidad, ese es mi consejo.

Comenzó a producirse un eco en la música popular de lo que pasó entre 1965 y 1975 en los Estados Unidos e Inglaterra. Se pusieron en juego muchas libertades, no sólo artísticas, sino que comenzó la igualdad hacia las mujeres, comenzó a mermar el racismo. Fue una década muy importante, un cambio social y cultural que no había pasado antes y que, entiendo, comenzó en ese momento con la irrupción de un nuevo modo de pensar y de escribir canciones.

–Por último: ¿qué hubiese sido si no fuese un músico?
Pienso en dos cosas. Por un lado me imagino un escritor / periodista, trabajando en radio o televisión; quizás un diario. Y por otro lado, me intriga mucho ser policía. Pero uno bueno. Un oficial de la policía de los que hacen las cosas bien –detalla entre risas–. Además, imagínate qué bien me quedaría ese uniforme. Me gustaría ser policía para limpiar un poco esa mancha corrupta que los acompaña por todo el mundo, vaya Dios a saber por qué –se pregunta mientras ríe–.

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