El cauce del río sin final

La próxima vez que no encuentre los pretextos para retomar una asignatura pendiente, sepa bien que aquello de ‘segundas partes nunca fueron buenas’ y demás sandeces ha sido invento de los mismos de siempre. Continuar algo inconcluso, tributar; pensar en el otro desde un homenaje. Eso es lo que David Gilmour y Nick Mason han hecho con los restos —palabra que en este párrafo no usaremos como sinónimo de basura, sino todo lo contrario—, de las sesiones de The división bell, de 1994. Se juntaron, condimentaron y dieron las puntadas finales a algo que, en esencia, como sucede con los frutos, ya estaban ahí antes de germinar.

Olympic studio (1993) Crédito: Jeremy Young

Olympic studio (1993) Crédito: Jeremy Young

The endless river viene a romper el silencio de 20 años sin material inédito de Pink Floyd. Se transforma en necesario y urgente, llena las ganas que dejó el relanzamiento de todos sus discos en 2011. Es nuevo, pero también es viejo. Es una máquina del tiempo que va y viene sin dificultad entre futuro y presente. Que despega en 2014 y recorre todos los surcos del Pink Floyd post Waters, ese tal vez menos efectivo desde lo potente, pero más técnico y profundo desde lo sonoro.

Olympic studio (1993) Crédito: Jeremy Young

Olympic studio (1993) Crédito: Jeremy Young

Entre aquellos que han hecho girar la púa sobre un vinilo de Pink Floyd y aún sientan ganas de cuestionar cuál ha sido el aporte de Richard Wright a la banda, bien vale decir que una de las formas de volver a empaparse de su obra está en las cuatro caras que plantea The endless river. Sus teclados han pasado de ser testigo a protagonista. Es una jugada preparada que gira en torno a sus gambetas; a sus pelotazos en profundidad.
Alejado de todo esto, Roger Waters se despegó con desgano y disgusto: “Yo no tengo nada que ver. Me fui de Pink Floyd hace casi 30 años, ¿tan difícil es aceptarlo”, declaró. Lo cierto es que no hay ausencias en el disco. Porque es una masa impenetrable por donde se la escuche. Un álbum en su mayoría instrumental, que suena a Pink Floyd, que parece Pink Floyd pero que, por sobre todas las cosas, es Pink Floyd.

Olympic studio (1993) Crédito: Jeremy Young

Olympic studio (1993) Crédito: Jeremy Young

Aún no se hay certezas de qué lugar ocupará entre todo lo que los británicos han grabado en su enorme y extensa gira. Pero lo que es cierto, y ahora palpable, es que había un espacio, un hueco, un lugar para cada una de estas nuevas obras de arte, nacidas en el pasado y que ahora, alcanzada la madurez, salen a la luz, se materializan, se vuelven eternas.

Dejar una respuesta