Ensayo sobre la derrota

Ocasionalmente en invierno y con más frecuencia en verano, Maxi llama a mi casa. Suena el teléfono en horarios incómodos porque marca mis números desde un aparato en Turín, Italia, al otro lado del universo. Allá siempre es más tarde, siempre es futuro. Maxi es una suerte de cable a tierra. Cuando algo lo tengo amasado y lo doy por válido, el me hace una pregunta incómoda que me hace repensar. Hoy, cuando sonó el teléfono a las 6 de la mañana –hora argentina– intuí que sería él, llamándome desde sus 10 de la mañana, tan despierto. Y acerté: “¿Por qué no ganamos la Copa América?”, quiso saber.
Maxi compartió la infancia conmigo en una ciudad chica del sur de Córdoba. Menemismo mediante, mientras nuestros viejos se iban quedando sin trabajo entrados los ’90, las familias emigraban. Las cocheras del barrio en el cual vivíamos eran testigos de un escenario más acorde a una posguerra que a una crisis económica. Hogares enteros atados a los techos de los autos salían a la ruta para no volver nunca, en busca de algún paisaje menos hambriento. Cuando nosotros nos fuimos a vivir a Buenos Aires, la familia de Maxi emigró a Italia.
Desde entonces y hasta hoy, hemos perdido el rastro varias veces y otras más nos encontramos, internet mediante. Nuestras realidades no se parecen, él habla castellano con acento italiano y poco a poco se fue despegando de la coyuntura de este país para amoldarse a una sociedad con otras adicciones y falencias. Pero no dejó nunca de lado el hábito de husmear qué dicen las tapas de los diarios argentinos del domingo. Así fue como llamó preguntando para saber por qué se mató Favaloro, quiénes eran ‘El Campo’, cuántos caramelos compraba con una Lira –primero– y cuántas cervezas con un Euro –después–, y otras inquietudes domésticas y sociales. A diferencia de otras personas, Maxi tiene una porción de ingenuidad que me permite inventarle verdades. Pero ayer, cuando sonó el teléfono, tuve que decirle que no entendía el por qué. “Estamos mufados, amigo”, le dije buscando la culpa en lo fortuito. Al otro lado del tubo, reflexionó: “¿Por qué siempre creémos que vamos a ganar?”. Y me hizo pensar.

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¿Somos uno de los mejores? No lo sé. Y en retrospectiva, y aunque duela el orgullo, entiendo que no. Pero algo nos pasa como masa, como conjunto. No contemplamos que Higuaín haya pateado un penal 2 metros sobre el travesaño. Cárcel, paredón, fuego, inyección letal. Lo que sea, que alguien tenga la culpa. Lo cómico del asunto –le cuento a Maxi– es que la mayoría de los que critican son tipos que no llegaron, no sólo a jugar una final de Copa América, sino que no tienen siquiera un trofeo de plástico de la infancia. En mi vida logré hacer más de dos pases en línea recta y no sé pegarle más que de puntín. ¿Cómo puedo decir que Biglia es un muerto o que Demichelis ‘no puede jugar más’? Maxi asiente con un silencio alargado.
¿Vos te acordás cuando jugábamos al fútbol en la plaza del barrio? –quise saber–. ¿Qué hubiéramos dado por poder patear un penal ayer? Maxi se ríe y me da la razón. ¿Qué nos duele? ¿Que nos gane Chile? ¿Que no seamos campeones hace más de 20 años? ¿O nos pasa otra cosa? ¿No será que nos da bronca que la llave la tenga otro, que se nos haya pasado esa inocencia infantil de reírnos porque nuestro cuadro hace un gol? Yo creo que la gesta de las tragedias relacionadas con el fútbol surgió un poco en joda y fue haciéndose carne. Que cuando 2 ó 3 tipos le cantaron a la hinchada rival que “los iban a matar”, no pensaron que el estadio entero se iba a hacer eco. Pero cuando esto pasó, se sintieron tan poderosos que tuvieron que matar.
“¿Y entonces que hacemos?”, quiso saber Maxi. Yo le dije lo que pienso: “El fútbol, para mí, es como un truco de magia. Yo sé que es mentira, pero mientras dura, mientras ocurre, hago de cuenta que no me entero.”

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