Una noche en la Arena

Voy por Chapultepec, doblo por Cuauhtémoc. No estoy cantando una canción de Bersuit Vergarabat, sino yendo a ver lucha libre en la Arena de México. Es martes, llueve, no hay pelea por el título y, sin embargo, cientos de aficionados se sientan alrededor de un cuadrilátero donde esta noche se enfrentan Rudos y Técnicos para pelear bajo el marco del Consejo Mundial de Lucha Libre.

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En la puerta de la Arena –con capacidad para 14 mil espectadores–, se amontonan y acomodan bajo la lluvia una hilera de puestos que venden desde máscaras de los luchadores hasta copos de azúcar con formas personalizadas, pasando por tortillas rellenas, entradas de reventa y aguas frescas de jamaica o tamarindo. Opto por tomar jamaica y no descifro su gusto, a mitad de camino entre dulce y horrible.

Puertas adentro, esta noche pelean Blue Panther, The Panther y Blue Panther Jr. contra El Felino, Tiger y Puma, y una larga lista de luchadores más. Máximo, Rey Bucanero, Místico, Dragón Lee, Pólvora, Pequeño Olímpico y Volador Jr., por citar algunos.

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Las reglas son claras: “Sólo puedes hacer fotos hasta la tercera lucha. No videos en ningún momento. Está prohibido filmar los pasillos y al personal de seguridad”, me explica el organizador del evento y le prometo respeto. Hay cámaras de Fox Sports que graban y venden a todo el país y al exterior lo que ocurra esta noche en la Colonia Doctores del Distrito Federal mexicano. Esa es la explicación que recibo cuando quiero saber por qué las restricciones.

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Bien ubicado, con el ring enfrente y visión privilegiada, siento como ese nene que creció en los ’80 viendo a Karadagian resurge. Presiento estar por ver un show, pero me equivoco. “Vengo a la lucha libre desde niño. Me traía mi padre y ahora yo traigo a mi hija”, explica Javier, un mexicano que no llega a los 30 años y me explica cómo funciona la lucha libre en la cultura mexicana. “Es como cualquier cosa que sabes que no es cierta. Como el fútbol o la política. Pero mientras transcurre uno puede pensar que es cierto”, detalla y sintetiza con precisión. Y es así. El microestadio se cubre de grandes y chicos que no dudarán en pararse para putear cuando alguien ataque a su luchador favorito o lastimarse las manos aplaudiendo ante alguna pirueta notable.

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Hacia la cuarta lucha comienzo a dejarme llevar. Ya pasaron peleas por equipos de dos y tres luchadores, y a medida que la noche se cierra vienen “los mejores”, según el programa. Dejo de lado el ojo crítico que me hace preguntar por qué tanta gente puede estar interesada por pagar una entrada y moverse hasta acá para ver un grupo de personas que hacen de cuenta que están peleando. Y la respuesta la encuentro cuando un padre ve en el reflejo de su hijo esa mueca intacta de sorpresa y placer. Ese cruce de miradas padre-hijo es la raíz de que la lucha libre no se diluya. Se trata de un código generacional entre mexicanos que, tal diría un hipotético manual de la felicidad, no se permite dejar de jugar nunca.

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