“Ahí podés comprar un Kalashnikov”

La historia se volvió a aparecer entre sueños. Hace algunos años, Ámsterdam, la capital europea de la libertad, los desprejuicios y las bicicletas, se convirtió para mí en un punto tachado con cruces rojas en el mapa de los lugares a visitar. Miki, el taxista holandés que me rescató de Hogevecht, me dijo mientras nos alejábamos: “Ahí podés comprar un Kalashnikov”. Y aceleró hacia el centro, con nuestros corazones a 150 pulsaciones por minuto.

Recorría Europa por primera vez y saltaba de una ciudad a otra esquivando el exceso de equipaje, los almuerzos y el descanso. Un recurso para moverse de forma entretenida y barata, resultó ser hospedarse en departamentos de residentes, con ellos adentro. Una costumbre muy común entre viajeros frecuentes y novedosa para alguien que sólo conocía Ezeiza del lado de las despedidas. La idea es tan sencilla que parece mentira: por un puñado de euros, alguien se va a dormir al living de su casa y te presta su cuarto, te dice dónde está el café para hacerte un desayuno al día siguiente y te anota en un cartón la contraseña del WIFI. Te da una copia de sus llaves, y te pide que se las devuelvas cuando te vayas. Tan concreto y simple que no parece real. Pero funciona.

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En Ámsterdam, mi anfitrión me esperaba en su departamento. Sus indicaciones para encontrarnos, fueron las siguientes (sic):

Tu tomas el bus 300 direccion Bijlmer arena.tequedas en la ultima parada.atrabiesas la estacion .giras ala derecha caminas recto como 3 mimutos(direccion bijlmer plein)hasta q llegues a una plazoleta donde beas un KFC.cuando llegues ala plazoleta. giras ala derecha sin pasar lacalle por abcauderpad,caminas recto otros 4 minutos ( despues de pasar por abajo de un puente comensaras aver bloques de edificios a tu lado izquierdo.el cuarto es hogevecht.caminas hasta el final de el edificio giras ala derecha. Y despues ala izquierda para q encuentres el numero 129 a.mi tl es 0031651409532
Perdon por la demora
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Tuve que releerlas cuando estaba por partir desde Praga hacia Ámsterdam, ya que el vuelo se demoró por tormentas de nieve y debía avisar a Didier que llegaría más tarde, cerca de la medianoche. Al ver tantas dificultades en tan pocos renglones, imaginé a un holandés haciendo fuerza por escribir en mi idioma y sentí ternura. Pensé que, como la mayoría de las cosas por allí, sería sencillo preguntar dónde quedaba tal lugar y llegar. Lo llamé desde Ruzyne, el aeropuerto de Praga, usando un teléfono público al cual le cargué unas cuantas coronas checas. Cuando estaba por ensayar una charla en inglés, escuché al otro lado del tubo una voz a mitad de camino entre latina y psicodélica: “Te espero sin problemas, hermano”, dijo alargando el doble de lo necesario cada vocal. No me preocupé, no había de qué. Sólo pensé cuán mal se comunicaba en castellano, pero le resté importancia.

Aterrizo en Schiphol, Ámsterdam. No hay cartelitos con mi nombre ni alegría en las calles. No hay nada más que una tormenta de nieve, en una ciudad que no ha visto la lluvia blanca en los últimos siete años. Cargado por demás -una mochila de 105 litros en la espalda, una de 50 en el frente, un bolso de mano en la zurda-, agarro fuerte la mano húmeda y helada de mi mujer y le digo: “Es ese”. Nos subimos al bus 300, destino Hogevecht, tal como me explicó Didier. “We are going to Hogevecht”, le dije al chofer y le di diez euros, dos billetes de cinco. Me devolvió dos monedas de un euro y me desplomé en un asiento doble. Estábamos exhaustos, pero era parte de la aventura y del ritmo de viaje.

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El bus 300 llegó a la última parada. De aquellos que abordamos el micro en el aeropuerto, sólo quedamos 3 personas al final del recorrido. Mi mujer, un hombre bajito con rasgos árabes y yo. Bajamos todos; vuelvo a cargarme como un ekeko y le pregunto al muchacho -camisa, corbata y saco, todos arrugados por igual- dónde queda el departamento de Didier, tras darle las coordenadas en inglés. Me miró a los ojos como quien mira un ciervo pastar frente a una horda de leones que lo esperan con sigilo. “¿Ves esa torre? Tras esa hay dos más. Bueno, tu vas a la tercera”, me dijo en un inglés teñido del árabe que aprendí en esas películas donde siempre ganan los yankees. Y agregó: “Pero ten cuidado, ten mucho cuidado. Pide a tu Dios que nada te pase ahí”, y se subió a una bicicleta que había dejado -tal vez- todo el día libre de candados en un estacionamiento sin guardias. Y desapareció de mi vista.

Entiendo ahora que la humedad de mi mano derecha, levantando temperatura en medio de una nevada asfixiante, hizo que mi mujer -que no habla inglés, ni con acento árabe- sospeche que algo pasaba. Que algo malo pasaba. Le dije que no, que no había de qué preocuparse y me aferré a su mano como la sortija de la calesita donde pasé mi infancia. Y caminamos, aumentando el ritmo a cada paso. Estábamos a unos 300 metros del destino, la miré y le dije: “No te asustes, pero atrás nuestro hay un tipo que mide como 2 metros que nos va a afanar. No nos va a pasar nada, pero nos va a afanar”. Volví la vista sobre mis hombros y el morocho de rasgos africanos y basquetbolistas que nos seguía en la penumbra, había desaparecido. Dudé. “¿Será mi imaginación?”, pensé. Aceleramos la marcha, un cambio menos que trote y dos cambios más que caminar muy rápido.

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Hogevecht parece Villa Lugano: muchos departamentos juntos. Pero el silencio que da la noche, la nieve y la distancia de las tierras latinoamericanas hace que todo parezca una amenaza. Un nene me saluda en holandés desde un primer piso y lo siento una advertencia. Pienso que me está hostigando. Adelantamos la marcha y llegamos a una botonera enorme. A cada número le corresponde un único departamento, con la salvedad del 129, el cual busco desde que llegué a Holanda. Hay un 129 “A”, “B”, “C” y “D”. “¡Tocá los cuatro!”, dice mi mujer y siento que sería una estupidez no hacerle caso. Pasan dos o tres segundos eternos y el vibrar de una chicharra indica que han abierto la puerta desde adentro. Empujo. Entra ella, entro yo. “Estamos vivos, no nos pasó nada, árabe hijo de remil putas nos hizo asustar al pedo. No nos pasó nada. Relajémonos”, propongo.

Estoy dentro de un hall, estilo motel de ruta yankee en los años ’70. Sólo hay un foco que espanta la oscuridad. “Es por aquí, hermano”. La voz viene de una planta alta, no más de dos o tres pisos a juzgar por la lejanía con la que la percibo. Subimos. Uno, dos, diez, cincuenta escalones, y estamos dentro del departamento de Didier. Jamás podré poner en palabras a qué huele su casa. Aún me genera cierta picazón en la garganta pensar el olor que había ahí adentro, pero nada importaba. Estábamos a salvo y eso bastaba para nosotros. “No aclaré en la web -donde alquilamos el departamento- que soy colombiano por los prejuicios, ¿entienden?”. Y la verdad que no, no entendíamos. Pero no le dimos importancia. Saludo va, saludo viene, pregunté cuál era mi cuarto y hacia allí fuimos.

Cuando me saqué la segunda zapatilla eran las 2.10 de la madrugada. Ella avisa que llegamos bien a Holanda y yo quiero hacer lo propio. Se me ocurre googlear el barrio en el que estoy parando para decir, en voz alta, “árabe hijo de mil putas”, o algo por el estilo, pero no. Cuando estoy por escribir Hogevecht y dar enter, cambio las palabras claves en Google y escribo el nombre de mi anfitrión. Acto seguido, miro a mi mujer y le digo: “Tenemos que irnos. Ya”. El tercer sitio en la lista de los 10 primeros resultados corresponde a una noticia de un diario de Colombia titulada: “La lentitud desdibuja el proceso de justicia y paz”. Es del 8 de enero de 2013, no han pasado quince días aún, y da cuenta allí de que mi anfitrión -o su homónimo-, al cual apodan “MacGiver”, está acusado de haber cometido asesinato en noviembre pasado. Se me desdibuja la cara. La guarida se convirtió en calvario. Tengo que estar fuera. Quiero atravesar el sendero desbordado de nieve, quiero sentir el miedo de afuera, porque este es peor.

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Abro la ventana. Da a una autopista que parece la General Paz del año 2070, por la cual no pasa ningún auto. Ninguno. No hay nadie despierto en todo Holanda, intuyo. Estoy en un segundo piso. Le explico a mi mujer en 45 segundos las nociones básicas para escaparse de un lugar: “Hay que rajar de acá. Bajá por la escalerita de incendio y atrás tuyo salgo yo”. Entra en pánico, me mira, quiere llorar, gritar y morirse, quizás en otro orden, pero me hace caso. Se vuelve a vestir, la ropa húmeda sobre la empapada, el efecto inverso al desnudo. Por suerte el ventanal es amplio. Deslizo suavemente una hoja de la ventana -doble vidrio, obligatorio por estas zonas- y ella sale. Asoma su cuerpo, está afuera. Le paso mi mochila, la suya, mi bolso de mano, el suyo. Tenemos todo el equipaje afuera. Estamos temblando de frío, de terror y de ira. Paso mi metro ochenta y cinco para el otro lado de la ventana y comenzamos a bajar en puntitas de pie. La necesidad de correr cuando no hay que hacer ruido se incrementa a cada paso. Es imposible no desear correr, pero lo evitamos. Nos miramos y cruzamos algunas ideas con la mirada: “¿Por qué mierda nos pasa esto?” “¡Estamos a 17 mil kilómetros de casa! Si nos matan acá no se entera nadie”, cosas que uno se dice con la vista. Hasta que llegamos al suelo.

Caminamos por la nieve, tengo todo el cuerpo helado y ella me mira casi sin fuerzas. Retrocedo, le doy la mano y la ayudo a salir de un escalón de hielo. Me hubiese gustado sonreírle -pienso ahora-, pero estaba ocupado intentando que ninguno muera. Caminamos por la autopista. A lo lejos hay luces. Podría ser una gomería, una panchería, un cabaret. Algo. Necesito que haya gente a la cual gritarle: “¡Sacame de acá, estoy parando en la casa de un asesino!”. Pero nada, sólo una estación de servicio que por estas latitudes nadie atiende: uno va, se lleva la cantidad de nafta que quiera y paga con tarjeta a una máquina. No hay playeros dormitando bajo una gorrita de Shell, ni nada parecido.

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A lo lejos para un coche. Parece un Renault. Se abre una puerta, baja una mujer corpulenta semi desnuda, una puta holandesa que camina rapidito entre el frío y los pasillitos angostos de Hogevecht. De la nada, un auto negro -pintura negra, vidrios negros, chofer negro- aparece circulando lento por la mano de enfrente. Tiene una luz rojiza en el techo con un letrero en idioma universal: “Taxi”. Lo llamo. Le grito, le chiflo, le hago gestos. Estoy desbordado. El auto, que se movía despacio, me hace una señal inequívoca de salvación: las luces de stop se encienden fuerte en la oscuridad absoluta y nevada de Holanda. Le pregunto si puede llevarnos al centro de la ciudad. No sé cuánto me va a salir el viaje, ni cuán lejos estamos. Nada importa. Me dice que sí, que por 30 euros me lleva. Empujo -literalmente- a mi mujer dentro del taxi, asiento trasero, mochila gigantesca a sus espaldas, jadeos y mucha nieve, y me subo adelante. Cierro la puerta y cuando la cerradura electrónica bloquea las cuatro puertas del Peugeot 307 siento que Dios, Alá o ambos, me desataron el nudo del cordón umbilical, que me dieron la inyección a tiempo, que se descubrió la cura de todo mal, que me queda una oportunidad nueva de hacer una vida nueva. Le pregunto al chofer cómo se llama: “Miki”, me dice sonriendo. Y agrega: “¿Te sigue alguien? ¿Te quieren matar?”, con una naturaleza que me hace pensar que pueda ser cómplice. Pero elijo confiar. “Algo así”, le explico. Y agrega: “There you can bought a Kalashnikov”, y entonces, recién entonces, entiendo todo.

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